Qué observar antes de comprar
Cuando estás frente al mostrador, hay tres aspectos fundamentales que no debes pasar por alto: color, textura y olor.
- Color: el pollo fresco debe tener un tono rosado uniforme. No debe presentar zonas grisáceas ni manchas oscuras. La piel, si la lleva, debe verse limpia y ligeramente brillante.
- Textura: la carne debe ser firme al tacto. Si está pegajosa o excesivamente húmeda, no es buena señal. Una ligera humedad es normal, pero nunca debe resultar viscosa.
- Olor: el olor debe ser suave y neutro. Si percibes un aroma fuerte o desagradable, es mejor no comprarlo.
También es importante fijarse en el aspecto general de la pieza. Un pollo bien manipulado mantiene su forma, sin golpes ni zonas aplastadas.
Si compras pollo en bandeja, revisa que no haya exceso de líquido acumulado. Demasiado jugo puede indicar que ha perdido calidad o que ha pasado más tiempo del recomendable en refrigeración.
Un pollo fresco no necesita adornos: su color uniforme y su textura firme hablan por sí solos.
Preguntar también es parte de elegir bien
Además de observar, no dudes en preguntar. En una carnicería de confianza puedes consultar:
- Cuándo ha llegado el pollo.
- Si es de granja o campero.
- Cómo conservarlo correctamente en casa.
- Cuánto tiempo puedes guardarlo antes de cocinarlo.
Si no vas a cocinarlo el mismo día, calcula bien los tiempos. El pollo fresco debe mantenerse en la parte más fría del frigorífico y consumirse en uno o dos días.
Otro detalle importante es la piel. Una piel demasiado seca o con manchas puede indicar que la pieza lleva más tiempo expuesta al frío. En cambio, una piel lisa y bien adherida suele ser señal de frescura.
Y recuerda: no compres más cantidad de la que vayas a usar en pocos días. Es preferible volver a comprar que arriesgarse a que se estropee.
Elegir bien en el mostrador es la forma más sencilla de asegurar sabor y seguridad en tu cocina
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